Los engranajes del capitalismo salvaje son el nuevo motor impulsor del consorcio cervecero. El leit motiv que los lleva al drástico cambio es la necesidad de financiarse para que el ‘hobby’ se autosustente. Ya sin la piedra en el zapato que significaba Puppe, la era comercial da sus primeros pasos.
Definitivamente decididos a
volcarse al mercado, se revela la necesidad de incurrir en nuevas inversiones,
previo comenzar con la venta de un nuevo lote de producción.
Presionados por la falta de
insumos clave, prontamente chocan con la realidad del Mercado: no hay lugar
para favores, amiguismos ni excepciones. Hay que adecuarse a lo que el mercado
ofrece, ya que éste no se adapta a las necesidades individuales de cada uno.
Es así que incurren en una
gran inversión, adquiriendo un pallet de botellas, ante la negativa del
proveedor de vender en menor cantidad.
El poder de negociación con
que cuentan en estas primeras instancias es muy limitado, en virtud del nulo
apalancamiento con que cuentan financiera y económicamente. Mano brava en los
albores de la comercialización.
Sumidos a la merced de los
mercenarios, entienden la estacionalidad de estas espinas que se atraviesan en
el camino: cuando sean grandes, la mano estará de este lado, y serán los
proveedores quienes se prostituyan para ser parte de esta historia.
Intertanto, como si no
bastaran los sinsabores mercantiles, en el seno de los brewers se transparentan
dos nuevos alejamientos. Los hermanos Verlost Zaratten: Rodderick
von Schurke y William Freizeitwaren, dan un
paso al costado, por diversos motivos personales, deportivos y laborales.
Pero los brewers no se amilanan. Aunque no excede del plano imaginativo,
planifican el alquiler de un cuarto contiguo al muro, y la contratación de un
pasante dispuesto a hacer carrera en la corporación.
Un nuevo desafío avizora en
el horizonte: la capacidad productiva ha llegado a su techo. Nuevas inversiones
son necesarias, para acompañar el crecimiento que el mercado impone…

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